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El maíz como plataforma central de la neo-industrialización argentina

El maíz como plataforma central de la neo-industrialización argentina

En la discusión sobre el desarrollo argentino suelen predominar dos visiones. Una pone el foco en las nuevas apuestas, como Vaca Muerta, la minería o la inteligencia artificial. La otra sigue centrada en el futuro de la industria manufacturera tradicional. Son debates importantes. Pero entre ambas suele quedar relegada una de las principales apuestas industriales que ya tiene la Argentina para generar inversiones, empleo, exportaciones y desarrollo federal: la cadena del maíz.

Esta agenda se basa en aprovechar mucho mejor una ventaja comparativa que Argentina ya posee. En un contexto donde la seguridad alimentaria, la demanda mundial de proteínas animales y la bioeconomía ganan cada vez más relevancia, el maíz reúne condiciones difíciles de encontrar en otra actividad: escala, competitividad internacional, conocimiento tecnológico, empresas consolidadas y un enorme potencial para desarrollar nuevos encadenamientos productivos. 

Los números muestran las dos caras de esa realidad. En la campaña 2025/26, una de las mayores de la historia, la producción alcanzará alrededor de 70 millones de toneladas. Argentina será nuevamente el tercer exportador mundial de maíz, sólo detrás de Estados Unidos y Brasil, con embarques cercanos a las 40 millones de toneladas. El complejo maicero representa cerca del 11% de las exportaciones argentinas y constituye uno de los principales generadores de divisas del país. 

Sin embargo, esa fortaleza también revela una oportunidad. Argentina transforma localmente apenas el 35% de su producción, mientras que Brasil industrializa cerca del 65% y Estados Unidos alrededor del 85%. La diferencia radica en la capacidad para transformarlo en productos industriales. Mientras aquí exportamos mayoritariamente biomasa, otros países exportan cada vez más manufacturas construidas sobre esa misma biomasa.

Esa es, probablemente, la principal virtud del maíz. A diferencia de otros cultivos, no genera una única cadena de valor sino una verdadera plataforma productiva. Su principal destino es la producción de proteínas animales: alimenta a la ganadería bovina, porcina y aviar y abastece a la industria láctea. También es un insumo fundamental para la producción de bioetanol, energía eléctrica y alimentos balanceados. En menor escala, pero con alto potencial de desarrollo tecnológico y generación de valor agregado, el maíz también se transforma en almidones, glucosas, alcoholes, insumos farmacéuticos y cosméticos, biomateriales y bioplásticos. Cada nuevo eslabón incorpora inversión, conocimiento, proveedores, servicios tecnológicos y empleo, construyendo una red de actividades cada vez más compleja alrededor de una materia prima en la que Argentina ya es altamente competitiva.

El caso de la producción porcina ilustra bien esa oportunidad. Durante la última década la producción argentina creció de manera sostenida, con tasas cercanas al 6% anual. Sin embargo, la inserción exportadora continúa siendo marginal. Brasil, en cambio, exportó alrededor de 1,5 millones de toneladas de carne porcina en 2025 y se consolidó como uno de los grandes proveedores mundiales.

Una planta de bioetanol, una granja porcina, una fábrica de balanceados o una planta de molienda se radican en ciudades intermedias, cerca de la producción, de los proveedores y del empleo. Por eso el desarrollo de la cadena del maíz también es una política de desarrollo federal. 

Las restricciones para el desarrollo de esta plataforma son conocidas: la falta de financiamiento de largo plazo, los elevados costos logísticos, una estructura tributaria que muchas veces desalienta la transformación industrial, la incertidumbre macroeconómica y los déficits de infraestructura limitan inversiones que requieren horizontes largos. A ello se suma una agenda internacional cada vez más exigente. Abrir nuevos mercados para carnes, bioenergías y alimentos elaborados, negociar protocolos sanitarios y anticiparse a las nuevas barreras ambientales será tan importante como mejorar la competitividad interna. 

Existe además otra oportunidad que suele pasar inadvertida. Argentina todavía tiene margen para aumentar la propia producción de maíz. El país se ubica entre los de mayores rendimientos del mundo, pero la mejora en los niveles de fertilización, la expansión del riego en zonas con potencial, la genética y las nuevas tecnologías de manejo permitirían seguir incrementando la productividad y abastecer una mayor demanda industrial. Además de transformar más maíz, la agenda debe apuntar a producir más maíz de manera sostenible.

Durante mucho tiempo parte del debate económico presentó al agro y a la industria como si fueran intereses contrapuestos. El maíz demuestra exactamente lo contrario. Cuando un recurso natural genera proveedores tecnológicos, plantas industriales, investigación aplicada, servicios especializados, empleo calificado y exportaciones de mayor sofisticación, deja de ser simplemente un commodity para convertirse en una plataforma de desarrollo.

Quizás ahí resida uno de los principales desafíos del industrialismo argentino. Mirar al maíz con ojos industriales, dado que pocas reúnen hoy tantas condiciones para combinar ventajas comparativas ya consolidadas con la posibilidad de construir una economía más compleja, más federal y más integrada al mundo.

Por Martín Alfie y Paloma Varona

@alfiemart y @Palu_varona

Integrantes de Misión Productiva.

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