A los 28 años, Nicolás Valentín Conde, el primer ingeniero espacial argentino, es parte de uno de los hitos más impresionantes de la ciencia argentina reciente: el proyecto ATENEA, el microsatélite nacional que viajará a la Luna como parte de la misión Artemis II de la NASA. Desde la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), Nicolás coordinó un trabajo que unió a equipos de investigación, universidades y laboratorios de todo el país.
En un contexto donde muchas veces se pone en duda el futuro de la ciencia en Argentina, su historia muestra lo contrario: talento, cooperación y desarrollo federal al servicio de un proyecto que pone al país en la frontera de la tecnología espacial.
En esta charla, hablamos sobre cómo fue ser parte de un proyecto de esta magnitud, qué significa que un satélite argentino forme parte de una misión lunar y qué lugar puede tener la ciencia argentina en un proyecto nacional de desarrollo.
Misión Productiva: Nicolás, sos muy joven y ya estás formando parte de un proyecto de alcance internacional. ¿Cómo fue tu recorrido profesional hasta llegar a la CONAE?
Nicolás Conde: Yo soy técnico en automotores, egresado de la Escuela Técnica Nº 35 Ingeniero Eduardo Latzina. Siempre quise ser ingeniero, al principio pensaba en mecánica o aeronáutica, pero en el último año de la secundaria vi una publicidad sobre la carrera de Ingeniería Espacial en la Universidad Nacional de San Martin (UNSAM) y me anoté.
La carrera es impresionante. Desde el primer año empezás a ver materias específicas, algo distinto a otras ingenierías. Con un grupo de compañeros muy inquietos armamos cohetes de agua, de combustible sólido, participamos de competencias como la Space Apps de la NASA y el Cube Design en San Pablo, donde presentamos un CubeSat y salimos terceros.
Mi proyecto final fue el diseño de un radar para un satélite. Ese trabajo lo hicimos con mentorías de CONAE, que después me ofreció una pasantía. Así entré a trabajar en la misión SAOCOM-2, que continúa la línea de los satélites radar argentinos. Luego, pasé al proyecto ATENEA, que forma parte de Artemis II.
MP: Contanos un poco sobre ATENEA, ¿Qué es exactamente el proyecto y qué lugar ocupa dentro de la misión Artemis II de la NASA?
NC: ATENEA es un microsatélite argentino tipo CubeSat, que va a viajar como carga secundaria en la misión Artemis II, cuyo objetivo principal es volver a llevar astronautas a la Luna.
La NASA invitó a países que firmaron los Acuerdos Artemis —entre ellos, Argentina, que los suscribió en 2023— a participar con cargas secundarias. De los seis espacios disponibles en el lanzador, uno fue para nuestro país. La invitación llegó a principios de 2024 y nos pidieron tener el satélite listo en tres meses, algo prácticamente imposible.
Aun así, armamos un equipo interdisciplinario con la experiencia de CONAE y universidades, y logramos entregar el satélite en septiembre de 2025. Fue un desafío enorme, técnico y humano.

MP: ¿Qué objetivos tiene el satélite?
NC: ATENEA tiene dos cargas útiles principales. Una es un receptor GPS diseñado por la Universidad Nacional de La Plata, que busca demostrar que se puede determinar la posición de un satélite incluso cuando está por encima de la constelación GPS, ya que nuestra órbita llega a unos 70.000 kilómetros, camino a la Luna.
La otra es una carga de la empresa LaboSat, que incluye dosímetros para medir radiación y un sensor óptico Silicon Photon Multiplier, una tecnología nueva que podría servir para futuras cámaras científicas.
Además, el proyecto busca validar procesos dentro de CONAE, probar metodologías ágiles y darle herencia de vuelo a componentes desarrollados en Argentina, como la computadora central y el sistema de comunicaciones. También fortalecer la cooperación internacional para futuras misiones, como Artemis III, que planea descender nuevamente en la superficie lunar.
MP: ¿Qué instituciones participaron en el desarrollo de ATENEA?
NC: Fue un proyecto muy federal y colaborativo. Participaron la Universidad Nacional de La Plata (diseño de computadora central, comunicaciones e ingeniería mecánica), VENG en los ensayos ambientales, la Universidad Nacional de San Martín con la carga de LaboSat, el Instituto Argentino de Radioastronomía en la caracterización de antenas, y la Facultad de Ingeniería de la UBA, que desarrolló un cargador especial para cargar las baterías durante el almacenamiento previo al lanzamiento.
Cada institución tuvo un rol clave, y la coordinación entre tantas provincias y actores fue un desafío, pero también una muestra del potencial que tiene el sistema científico argentino cuando trabaja en conjunto.
MP: ¿Cómo fue coordinar un trabajo tan amplio?
NC: Difícil, pero muy enriquecedor. Hoy la conectividad ayuda mucho, pero hay cosas que solo se resuelven estando en el lugar. Por eso pasé varias semanas en La Plata trabajando codo a codo con los equipos de la universidad. Implementamos reuniones semanales, usamos metodologías ágiles y logramos una dinámica muy fluida. Fue un aprendizaje enorme sobre gestión, comunicación y trabajo interdisciplinario.
MP: ¿Qué significó para vos y para el país ser parte de una misión de la NASA?
NC: Para mí, es un sueño. Siempre quise que la Argentina pueda llevar tecnología propia más allá de la Tierra, y ahora estamos un paso más cerca.
Este proyecto es una puerta de entrada: una demostración tecnológica que puede abrir el camino para que Argentina llegue a la Luna. Y eso no es solo un logro simbólico: detrás viene mucho desarrollo, capacitación, empleo y creación de nuevas industrias.
Hoy está resurgiendo una nueva carrera espacial entre países, y poder participar de ella nos posiciona tecnológicamente y nos impulsa a seguir creciendo.

MP: ¿Cómo ves el momento actual de la industria espacial argentina?
NC: Estamos en un punto de inflexión. La Argentina tiene capacidad tecnológica y talento para estar a la altura de los grandes países, pero necesitamos continuidad, inversión y formación de recursos humanos.
La experiencia de proyectos como SAOCOM o ATENEA demuestra que podemos desarrollar tecnología de frontera y exportar conocimiento. Si logramos sostener una política espacial a largo plazo, el sector puede convertirse en una fuente estratégica de empleo y desarrollo productivo para el país.
Por Paloma Varona y Martina Correa
